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¿Por qué mi hijo se porta diferente en casa y en la escuela?

  • Foto del escritor: Maren Kids
    Maren Kids
  • hace 1 día
  • 4 min de lectura

Entender los cambios de comportamiento también nos ayuda a conocer mejor a nuestros hijos

“En la escuela se porta increíble, pero llegando a casa explota.”

O quizá sucede exactamente lo contrario:

“En casa es tranquilo, pero en la escuela me dicen que le cuesta seguir instrucciones.”

Escuchar que nuestro hijo tiene un comportamiento diferente en casa y en la escuela puede sorprendernos e incluso hacernos pensar: ¿por qué conmigo no se comporta así? o ¿estaremos hablando del mismo niño?

La respuesta es sencilla: sí, es el mismo niño.

Los niños, al igual que los adultos, pueden comportarse de manera diferente dependiendo del lugar, las personas que los rodean, las expectativas del ambiente y las emociones que están experimentando.

Y entender por qué ocurre puede ayudarnos a acompañarlos mejor.


“En la escuela es un encanto y en casa explota”

Esta es probablemente una de las situaciones más frecuentes.

Durante la jornada escolar los niños realizan un enorme esfuerzo de autorregulación.

Escuchan instrucciones, esperan turnos, comparten materiales, resuelven pequeños conflictos, permanecen atentos, siguen horarios y se adaptan constantemente a lo que ocurre a su alrededor.

Cuando finalmente llegan a casa, pueden estar cansados física y emocionalmente.

Y casa suele ser precisamente el lugar donde se sienten suficientemente seguros para soltar todo lo que estuvieron conteniendo durante el día.

Por eso pueden aparecer llanto, irritabilidad, enojo, mayor necesidad de contacto o incluso berrinches.

No necesariamente significa que estén teniendo una mala experiencia en la escuela.

A veces significa simplemente:

“Ya llegué a mi lugar seguro y estoy agotado.”


¿Entonces debemos permitir cualquier comportamiento?

No.

Comprender qué hay detrás de una conducta infantil no significa justificarla.

Podemos reconocer el cansancio o la frustración y, al mismo tiempo, mantener los límites.

Por ejemplo:

“Sé que estás muy cansado y entiendo que estés enojado, pero no podemos pegar.”

Primero reconocemos la emoción y después guiamos la conducta.

Los niños necesitan ambas cosas: comprensión y límites claros.


¿Y si ocurre al revés?


También puede pasar que en casa un niño sea tranquilo y cooperativo, mientras que en la escuela presente dificultades para seguir instrucciones, relacionarse o manejar la frustración.

La escuela representa un entorno mucho más complejo.

Hay ruido, compañeros, reglas grupales, tiempos de espera, actividades nuevas y situaciones sociales que no existen de la misma manera en casa.

Un comportamiento que no aparece en el hogar puede surgir cuando el niño enfrenta determinadas demandas del ambiente escolar.

Por eso, cuando familia y escuela observan cosas diferentes, ninguna de las dos necesariamente está equivocada.

Están viendo al mismo niño en contextos distintos.


Antes de preguntar “¿por qué se porta mal?”, cambiemos la pregunta


Las palabras que utilizamos también importan.

En lugar de pensar:

“¿Por qué se está portando mal?”

podemos preguntarnos:

“¿Qué está intentando comunicar con este comportamiento?”

Quizá está cansado.

Quizá algo le resulta difícil.

Quizá necesita movimiento.

Quizá todavía está aprendiendo a esperar.

Quizá no sabe cómo expresar con palabras lo que está sintiendo.

Esto no elimina las consecuencias ni los límites, pero nos permite buscar la causa antes de quedarnos únicamente con la conducta.


¿Qué podemos hacer en casa?

Si notas cambios de comportamiento después de la escuela, algunas pequeñas acciones pueden ayudar:

  • Permitir unos minutos de descanso antes de hacer preguntas o comenzar tareas.

  • Ofrecer agua o algún alimento y un momento tranquilo.

  • Evitar llenar inmediatamente la tarde de actividades.

  • Mantener rutinas predecibles.

  • Escuchar cuando quiera hablar, sin presionarlo.

  • Observar si existe algún patrón: ciertos días, actividades o situaciones que parecen afectarlo más.

A veces los niños no necesitan que solucionemos algo inmediatamente. Necesitan tiempo para volver a regularse.


La comunicación entre familia y escuela es fundamental

Cuando existe una diferencia importante entre el comportamiento en casa y en la escuela, compartir información puede ayudarnos a entender el panorama completo.

No se trata de buscar culpables ni de determinar quién tiene “la versión correcta”.

Podemos preguntarnos juntos:

¿Qué ocurre antes de esa conducta?

¿En qué momentos aparece?

¿Qué parece ayudar?

¿Es algo nuevo o sucede desde hace tiempo?

Familia y escuela tienen piezas distintas del mismo rompecabezas.

Cuando las juntamos, podemos comprender mucho mejor las necesidades del niño.


No todo cambio de comportamiento es una señal de alarma

Especialmente durante las primeras semanas de clases, es normal encontrar ciertos cambios mientras los niños recuperan rutinas y atraviesan la adaptación escolar.

Sin embargo, observar siempre es importante.

Si una conducta es muy intensa, persiste durante un periodo prolongado, aparece de manera repentina o comienza a afectar significativamente el bienestar y las actividades cotidianas del niño, vale la pena conversar con la escuela y, cuando sea necesario, buscar orientación profesional.

La clave no está en comparar cómo se comporta en cada lugar.

Está en preguntarnos:


¿Qué necesita nuestro hijo en cada uno de esos espacios?

Porque detrás del comportamiento hay emociones, necesidades y habilidades que todavía están aprendiendo a expresar. 💛




Para reflexionar 💭


¿Tu hijo también parece una persona en la escuela y otra completamente diferente cuando llega a casa? 😂


Cuéntanos. Probablemente muchas familias se van a identificar contigo.


 
 
 

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